Topología del espejo
Ciertas crónicas fragmentarias han pretendido clasificar el desierto y reducirlo a simples coordenadas. Tras una larga vida dedicada a descifrarlo, concluyo que las dunas que lo constituyen son un capricho del universo, un vivo escenario que respira y se curva con la misma inmensidad que la de los espejos. La distancia pervierte la mirada. Existe un antiguo dicho: «Ama al lejano más de lo que te amas a ti mismo». No obstante, la sentencia esconde una trampa. En un mundo que se dobla y retuerce sobre sí mismo, la mirada que persigue el horizonte termina inevitablemente estrellándose contra la nuca de quien observa. Este aparente «lejano» que tiembla en la arena, este «hostil» del que previenen los mitos, es el propio viajero, el observador. Su hostilidad es apenas el terror de encontrarse frente a frente con una imagen propia, deformada por los espejismos propios del páramo.
El tótem
La supervivencia aquí demanda conocer la leyenda de la Primera Puerta. Se cuenta que un primer carpintero, ya enloquecido por la vastedad, talló un pesado marco de roble en medio de la nada. Huérfana de muros y techo, materialización del delirio de la razón. Quienes llegan a dar con ella, aferrándose a la memoria de sus antiguas casas, giran el pomo con el anhelo de encontrar el cobijo que el desierto arrebata salvajemente. Pero claro, aquí se aborrece la lógica. Al cruzar aquel umbral, el viajero no hallaba un interior en el cual refugiarse, sino la misma devoradora infinitud de la cual huía. A pesar de su inutilidad, la madera pudriéndose lentamente al sol instauró la llamada ley suprema de las arenas: no existen refugios, solo actos de fe.
Geometría de las tiendas
Las tiendas de lona aparecen entre las dunas como las cicatrices que se llevan en el cuerpo. Ninguna tiene puertas. Y sin embargo, el destino de un hombre depende de su capacidad para «abrirle la puerta» al hostil. Caminar por la arena garantiza chocar violentamente contra la Otredad. No existe algún prójimo, la cercanía calcina cualquier rastro de compasión. Permitir el paso es un acto puro de convicción. Frente a la pared de tela lisa, el anfitrión ha de simular que aferra un pomo, girar la muñeca sintiendo el peso inexistente y tirar. Si la mano tiembla o la fe le vacila, el hostil no pisa la arena del interior de la tienda, en su lugar, atraviesa la psique y usurpa la mente del anfitrión.
Se puede llegar al cuestionamiento: ¿de qué huye el Otro cuando rasguña la lona pretendiendo entrar? El sol sería la respuesta fácil. Pero el forastero es un prófugo de sí mismo. Al habitar su propia tienda, el viajero descubre que el interior se burla de la infinitud del espacio exterior, desplegando un sofocante laberinto de pasillos interminables. El hostil, entonces, huye del terror de su propio infinito. En su desamparo, el desierto se vuelve la única certeza finita, y la tienda ajena, la última esperanza para no perderse en sus propios abismos.
Fonética del abismo
La verdadera tensión radica en el segundo en que la sombra logra cruzar el umbral. El hostil no desenfunda armas largas de acero. Su violencia está en el lenguaje. Trae consigo palabrejas indescifrables, pero que duelen en los recuerdos de la infancia. Habla el dialecto exacto del subconsciente de quien lo aloja, escupiendo los fonemas al revés. Es un tipo de eco de la culpa y los deseos que no llegan a ser nombrados, convertidos en oscuros conjuros. El peligro mortal más allá del ataque del visitante, es que el anfitrión comience a comprenderlo. Prestar oídos al forastero es asomarse a la garganta del vacío propio.
Las estatuas de sal
Tal como supieron los primeros caminantes, no vagamos buscando salvación, estamos persiguiendo ciegamente a la otredad. Veneramos el espejismo borroso que nos ofrece el otro pues esa lejanía inalcanzable mantiene vivo el motor del deseo. La sed que seca las gargantas es una demanda de la arena pues nunca ha de ser saciada. Fascinado, el anfitrión recibe al hostil para ver si en él puede encontrar lo que le falta. El único triunfo posible, entonces, es prolongar el misterio lo máximo posible. La perdición llega con la lucidez. Ocurre cuando el anfitrión descifra el invertido lenguaje y descubre, con espanto, cuál es el deseo del visitante.
En un destello de claridad, comprende que el otro busca exactamente el mismo vacío que él intenta esconder. Al compartir la carencia, la magia se quiebra. Muere el misterio y se extingue el deseo, esa fuerza voraz que obligaba a los cuerpos a moverse. Sin esa falta compartida, los límites de la piel ya no tienen sentido. El Uno y el Otro se abrazan en profundo silencio. Una fusión petrificante. Resuelta la ecuación del deseo, el desierto calcifica a las dos almas ahora «completas». Se convierten en estatuas de sal.
Estos pilares blancos, más allá de simples piadosas advertencias, son lápidas de un deseo devorado. La sal es el unívoco destino inmutable de aquellos que cometieron el error de encontrarse a sí mismos en la mirada ajena, aniquilando la fina distancia que los mantenía a salvo.
Nota para futuros investigadores: Para sobrevivir al desierto, debes dejar entrar al Otro. Debes escuchar el argot invertido. Pero has de jurar, por tu propia vida, jamás intentar comprenderlo del todo.
Epílogo en el estudio
He estado repasando estas notas durante toda la madrugada. El texto está prácticamente terminado. Afuera, la ciudad duerme. Mi estudio, forrado de bibliografía, es un templo de racionalidad. A mi izquierda, una pesada puerta de roble macizo me aísla del pasillo y del resto de la construcción.
Me detengo unos instantes para ajustar mis conclusiones sobre la naturaleza semiótica del gesto. Y es ahí cuando lo noto.
Primero aparece una sequedad inusual en la garganta. Luego, el olor. Un aroma áspero, alcalino, que no pertenece al pulcro ambiente de una biblioteca. Huele a arena recalentada. Intento ignorarlo y sigo tecleando, pero noto que se van desfasando mis movimientos. Se mezcla en el ambiente un sonido ajeno, un sordo arrastre proveniente del otro lado del muro.
Alguien camina por el pasillo.
No debería haber nadie en el edificio a esta hora. Estoy inmóvil. El sonido de los pasos se detiene justo frente a mi entrada. Entonces, escucho un susurro. Es una voz baja, gutural, que describe detenidamente el espacio esférico. Son las mismas palabras que acabo de escribir en el texto, pero las sílabas van en sentido contrario, se arrastran hacia atrás en el tiempo, como las cintas magnéticas rebobinadas a la fuerza.
El terror frío me obliga a levantar la vista del escritorio.
Los lomos de los libros se difuminan, se desdibujaron en una textura gruesa y opaca. Las paredes de mi estudio se mecen ligeramente con una brisa caliente que no debería existir. Son paredes de lona.
Siento el peso del aire en mi nuca, giro la cabeza. La puerta de roble macizo ha desaparecido. En su lugar, un umbral vacío, recortado contra una inmensidad oscura y granulada. A través del hueco, la silueta de un forastero, deformada por una luz proveniente de quién sabe dónde, espera en el límite exacto de la lona.
El texto está completo. La teoría es irrefutable. Si lo dejo afuera, entrará en mi mente. Si intento comprenderlo una vez que entre, terminaremos metamorfoseados en un pilar blanco sobre la alfombra.
La silueta da un paso hacia el umbral.
Respiro hondo, siento el polvo en los pulmones. Me levanto lentamente frente a la lisa lona. Levanto mi mano derecha temblorosa hacia el vacío y, recordando la solemne advertencia que marcaba el mito, decido si haré o no el ademán de girar el pomo.