La crisis climática es, al mismo tiempo, el mayor reto de la humanidad y el producto más rentable para las relaciones públicas corporativas y políticas. En el "capitalismo verde" y los discursos prefabricados, el director mexicano regresa a la gran pantalla para poner el dedo en la llaga. Digger no es necesariamente una película sobre la industria petrolera; explora el cómo la sociedad prefiere consumir una mentira cómoda antes que tener que lidiar con la verdad.
A través de un Tom Cruise completamente alejado del arquetipo del héroe de acción invencible, Iñárritu viene con un golpe directo a la mesa. La película se atreve a transitar en esa delgada línea que separa la comedia de la sátira y juega con los recursos de la farsa.
La comedia, en su estructura más clásica, busca la catarsis a través de la risa y el choque de expectativas; la sátira da un paso más allá, utilizando el humor desde lo político o lo social para exponer los vicios y la estupidez sistémica, asumiendo que la crítica moral aún puede corregirlo. Sin embargo, Differ se mete de lleno en la farsa. La farsa deforma la realidad, la lleva a extremos absurdos y exagerados, asumiendo que el sistema está irremediablemente roto. Iñárritu no busca la catarsis de la risa, busca arrinconarla en la incomodidad con una exageración aparentemente grotesca pero que es, de hecho, nuestra propia normalidad.
El personaje de Digger es en sí mismo una disonancia cognitiva. Se autoproclama como un amante de la naturaleza pero tiene tantas contradicciones internas como cualquiera de nosotros. Resulta hasta poético verlo rodeado de animales disecados, como si fueran algún tipo de trofeo de una naturaleza congelada y dominada (exactamente igual a la plataforma extrayendo petróleo a costa de las condiciones medioambientales). Y al mismo tiempo, tiene una devoción casi ridícula por una gata moribunda. Nietzsche decía que somos un campo de batalla, y en Digger convive un verdugo y un salvador, una dualidad con la que se juega en esta película para mostrarnos de frente la hipocresía moderna.
Se clava el cuchillo hasta el fondo en el medioambientalismo performativo. En algún punto, el Secretario del Medioambiente, en un despliegue de superioridad moral, se niega a comer atún. Digger, leyendo la fragilidad del ego del funcionario, le asegura que el pescado proviene del cuidado personalísimo de un amigo suyo en Japón. El Secretario, sin más culpa, disfruta el último bocado del atún. Inmediatamente después, Digger admite no tener la más remota idea de dóned viene ese atún.
A través del monólogo del personaje de Cruise, quizá la secuencia más loca, se hace la exposición más incómoda de todas. Nos quejamos amargamente de los efectos devastadores de la producción masiva de petróleo, pero en el fondo, somos adictos a las comodidades que sus derivados nos ofrecen. Somos tremendamente hipócritas, aplaudimos la agenda verde desde la comodidad del asiento trasero de un auto con aire acondicionado. Iñárritu y Cruise se atreven a dar ese paso al frente para desarmar el teatro, literalmente.
Muy fiel al desafío de los límites del medio, Iñárritu logra un impacto en la imagen bordeando siempre el absurdo y jugando con la metanarrativa, mostrando la realidad que provocó la ficción que se está representando. Este tipo de rupturas estructurales suelen ser muy premiadas por la crítica, pero, como las últimas producciones del director, han dividido fuertemente a la audiencia.
Es un fenómeno parecido al que ocurrió con Bardo, que por cierto, ocupa un lugar de honor dentro de la watchlist curada de Tékhne. Digger no pretende complacer con respuestas sencillas, quiere incomodar y cuestionar qué parte de la farsa estamos encarnando nosotros mismos todos los días.