Alexander Oliva
El Juicio (2026). Reseña y Análisis
Reseñas 18 de septiembre de 2026 5 min de lectura

El Juicio (2026). Reseña y Análisis

Eugenio Derbez de un lado y Pedro Alonso del otro. El Juicio (2026) usa ese contraste para poder hablar de impunidad, la conexión familiar y de lo que cuesta proteger a alguien que no quiere ser protegido

Definitivamente, lo que más llama la atención a primera instancia de El Juicio (2026) es el cruce actoral entre Eugenio Derbez y Pedro Alonso; ambos son actores a quienes les tenemos un gran cariño y verlos en una producción juntos es, de entrada, algo muy llamativo.


Como podrá verse en diferentes publicaciones de Tékhne, tengo una fascinación por analizar desde la escritura o las posturas poéticas de los artistas. Pienso que, cualquier historia, por más o menos presupuesto que tenga, puede alcanzar la lumbre si tiene una escritura lo suficientemente buena y una ejecución que la respalde. El Juicio, en buena medida. lo logra


Resumen para empezar

El hijo de un empresario español poderoso (Pedro Alonso) violenta sexualmente a la hija de un padre soltero de clase media (Eugenio Derbez), a quien le parece que el asunto no se resuelve con una simple disculpa y está dispuesto a llevarlo hasta las últimas consecuencias.


Eugenio Derbez

No es la primera vez que vemos a Derbez en tono dramático; ya ha logrado tocar fibras sensibles en peliculas como CODA o Radical (una de las mejores de 2023). Aquí, además de padre protector y viudo, su personaje está económicamente comprometido, y este detalle será uno de los ángulos con los que la serie construye el contraste entre las familias Huerta y Portillo.


Pedro Alonso

También conocido como Berlín en La Casa de Papel, representa una clase empresarial argumentablemente desconectada de la realidad, acostumbrada a resolver todo con dinero. Y aquí viene, creo, la decisión creativa más inteligente de la serie.

El Juicio, como bien puede transmitir el nombre, está inspirada en casos reales pero pretende radiografiarlos como categoría general. Por eso se decide que el antagonismo recaiga casi únicamente en el hijo — nótese que incluso en este texto se mantiene esa distancia simbólica con el personaje. Esto, reforzado con el carisma natural de Pedro, crea una disonancia interesante en el espectador: se entiende que Raúl Huerta es el padre, que no está haciendo más que intentar proteger a su hijo. 


El arco se cierra de manera maravillosa cuando el empresario comprende que quizás el arresto de su hijo sea exactamente lo que necesita para darse cuenta de que la vida es más que cumplir caprichos. Lo vemos vulnerarse, entramos en su cabeza, en el esfuerzo que construyó el trono donde está - trono que solo puede valorar él, porque su hijo está totalmente desconectado y su esposa, que ya venía de una familia adinerada, ejerce sobre él una presión constante.


Un ejemplo brillante es el arco del perro. El hijo se roba un perro de una tienda, lo detiene la policía, el chofer que intenta defenderlo termina agredido, llega Raúl Huerta y detiene el asunto. El padre intenta que su hijo reflexione (spoiler: no lo logra) y la madre termina regalándole el animal, cumpliéndole el capricho. El perro empieza a enfermarse. El padre insiste en que el hijo debe llevarlo al veterinario; el hijo prefiere dejarlo morir porque le da hueva ir. Y es el padre (quien, entendemos después, tiene un gran cariño por el animal) quien lo ve morir, en un paralelismo silencioso con su propio hijo: alguien a quien ya no hay forma de ayudar, y para quien ya no hay nada que se pueda hacer.


Reflexiones


Una cuestión interesante que emerge al observar los paralelismos entre ambas formas de vivir es que pareciera una tendencia el que las familias adineradas viven emocionalmente lejos de los suyos, mientras que las menos privilegiadas tienden a la cercanía. No es una cuestión moral (no estoy intentando romantizar la unión familiar) por más que empaticemos con los Portillo, quienes terminan en conflictos y tensiones constantes. Pero sí se abre esa área gris: ¿teniendo dinero es mejor alejarse de los conflictos familiares? ¿en qué momento la familia deja de ayudarnos a crecer, y qué tan legítimo es tomar un camino separado? Porque, jugando al abogado del diablo, los ricos también llegan a sentir. O quizás es que Raúl Huerta está escrito de tal manera que se intuye que él conoce esa otra parte de sí mismo, la de antes de nacer en la condición en que está ahora.


Lo que no termina de cerrar son los personajes más vinculados con los Portillo. El proceso psicológico de Andrea está trabajado con cierto cuidado: se ven los antecedentes, el pasado de Miguel, la relación entre ambos; pero el resto deja que desear: el hermano de Miguel, la periodista, la abogada. La intención evidente era potenciar a los personajes femeninos, y lamentablemente dudo que se haya cumplido ese objetivo.


Con todo, El Juicio es una serie densa en trama pero ligera en ritmo. Muy dinámica, con mucho carisma sobre todo en sus protagonistas. El contraste entre ambos lados del espectro funciona, y cumple su gran objetivo: crear empatía con el motor del antagonismo, que es, al final, lo más difícil de lograr.