Capítulo 1: Lamentos Bajo la Luna
La noche pinta un cuadro grotesco lleno de movimiento caótico, turbulencia, ansiedad, decadencia y desesperanza. Cada día, me dedico a escribirle canciones, y el consuelo de saber que nunca descubrirá mis pensamientos sobre ella me alivia. Si lo supiera, comprendería cómo me he corrompido con el paso de los atardeceres. Supongo que la única diferencia entre la luna y yo es que ella siempre se eleva en lo más alto, mientras yo no corro con la misma suerte.
A través de mi ventana apenas translúcida, que con los años se ha vuelto amarillenta, observo cómo algunos noctívagos pájaros se posan en la maraña de cables que llevan la luz a las viviendas colindantes, intentando readaptarse a su nueva naturaleza, reinsertando antiguas costumbres. Me pregunto si, en caso de que alguien o algo haya elaborado todo esto, sentiría orgullo de lo que se ha convertido su putrefacta creación.
Desde hace algún tiempo, me di cuenta de que vivía en piloto automático: de casa al trabajo, del trabajo a casa, y así sucesivamente. Cuando llegaba mi preciado fin de semana, ansiaba hacer algo diferente, pero siempre terminaba haciendo lo mismo: yendo a cualquier sitio público y observar cómo la gente se llenaba el ojo y se dedicaba exclusivamente a consumir. Cada vez que me sumergía en ese mar de compras y publicidad, sentía un profundo asco. La superficialidad del acto de consumir me repugnaba, como si estuviera ahogándome en un océano de deseos impuestos. Nada de eso me pertenecía realmente. Parece que soy un producto no deseado de la sociedad, practicando un acto aparentemente obsoleto: contemplar.
Adicto a la tecnología que invade la civilización, me siento encadenado a la necesidad de pertenecer. Tener presencia en todas las redes sociales que existen, dejarme llevar por entretenimiento express que no me permite pensar, y paulatinamente, mi capacidad de atención y concentración se va fundiendo, dejándome lo suficientemente inconsciente para no cuestionar el estado de las cosas, y más importante aún, el tremendo vacío que siento por dentro.
Enamorado de mi soledad, decidí vivir sin compañía desde hace algún tiempo. A pesar de esto, durante la noche escucho un ruido: alguien encendió un televisor que algunos catalogarían como antiguo. Lo compré hace siete años. Escéptico de la situación, decido investigar cuidadosamente el origen del ruido.
Al acercarme, observo una figura posada en una de las sillas de mi comedor. Resulta ser mi mayor miedo: soy yo, un ser exactamente idéntico a mí. Una copia física exacta del último reflejo que vi en el espejo. Me quedé absolutamente paralizado, mientras él comenzaba a levantarse.
Capítulo 2: Reflejo en la Sombra Carmesí
Mi otro yo bebió un sorbo de la vieja taza de café que tenía a medio terminar y se levantó frente a mí con una quietud escalofriante. Susurraba en un idioma incomprensible, tal vez tratando de revelarme mil verdades ocultas sobre el universo o rezando algún conjuro de desconocida proveniencia. Sin embargo, cada palabra se desvanecía en un susurro ininteligible, como si su intención fuera mantenerme en la oscuridad de mi propia ignorancia.
No me atacó con violencia inmediata. En su lugar, se acercó a una sombra que reveló la figura afilada de un machete. Tomó una cubeta y, como en un ritual macabro, comenzó a bañar la hoja del machete en peyote. Sabía que el peyote era un poderoso alucinógeno utilizado en antiguos rituales para abrir la mente y el espíritu, imbuyendo la hoja con un brillo mortal que parecía prometer arrancarme la vida y mi cordura. La visión del machete transformado en un instrumento de pesadilla era aterradora. No veía otro escenario que el de una inminente batalla. El sudor comenzó a perlar mi frente.
Dicen que las mejores batallas son las que no se llevan a cabo, pero en mi defensa, no tenía modo de enfrentarme a este ser. Era yo, conocía cada pensamiento, cada reacción que tendría. Más por instinto que por voluntad, las lágrimas comenzaron a rodar por mi rostro, una reacción desesperada ante lo inevitable.
Mientras enumeraba en silencio los cientos de pecados con los que vivía en secreto, mi reflejo oscuro caminó lentamente, arrastrando sus pasos, sosteniendo el arma con una determinación fría. Me arrodillé ante él, aceptando mi destino. Con un único pero poderoso golpe, clavó profundamente el machete en mi cabeza, desatando un torrente de sangre, como un río rojo liberado de su presa. Me pregunté por qué alguien que comparte tu sangre querría verte sangrar de esa manera.
En su desesperado, o eso creía yo, intento por abrirme la mente, me desterró a un mundo onírico lleno de peligros que nunca imaginé. Cada imagen era una pesadilla, un reflejo distorsionado de mis peores temores, envuelto en un paisaje surrealista que retorcía la realidad en formas imposibles. Me hallé vagando por un laberinto de mis propias dudas, enfrentándome a versiones distorsionadas de mis decisiones, cada camino un eco de mis fracasos y arrepentimientos.
Capítulo 3: Caminos de Expiación
Pensé que en este desconocido lugar, tendría que pagar algunas monedas a algún balsero para que me cruzara al otro lado; o, en el peor de los casos, ardería desde lo más profundo de mi ser, recordando todos aquellos actos moralmente incorrectos que cometí. Sin embargo, me enfrenté a un escenario sorprendentemente peor.
Mis mayores temores se materializaron ante mis ojos, como un lienzo de horror en movimiento perpetuo. Mis traumas se repetían en bucle en todas las direcciones, un hórrido espectáculo que desfilaba sin cesar. Cada rincón de este infierno onírico estaba plagado de los fantasmas de mis errores, proyectando sombras de desesperanza que me envolvían en un manto de angustia.
Mientras tanto, divisaba una especie de túnel, la única salida visible en este laberinto de pesadillas. Un camino tortuoso que me obligaba a realizar una caminata de expiación, en la cual descubrí que había pasado toda la vida fingiendo ser alguien más, condenado a querer ser aceptado por los demás antes que por mí mismo.
Ver lo falso e hipócrita que había sido conmigo mismo durante tantos años me provocó tanta vergüenza como angustia. Pensar que vivía tan pesimista, creyendo que por fin había entendido algo, resultaba un insulto cuando podía ver ante mis ojos que no había encontrado la verdad ni honestidad conmigo mismo.
Después de los turbios pasajes y cada paso en ese extendido túnel, me obligó, como ningún otro método pudo haber hecho, a encontrarme conmigo mismo. Creí que ese era el objetivo final pues, llegué finalmente a una puerta bloqueada, me percaté que había un letrero viejo y desgastado con los años con el mensaje «Fuera máscaras». A ras de suelo, una cesta que demandaba algo dentro de ella.
Di gracias por otra cómica metáfora, antes de comprender a lo que realmente se refería. La demanda era arrancarme la piel de la cara, rindiendo un gesto a aquella hipócrita y descreída persona que había sido en el pasado. De esta manera, cumpliría con el deseo de lo que fuera que estuviera detrás de la puerta.
Tardé algunas horas en decidir si hacerlo o no. Creía que por fin estaba siendo honesto conmigo mismo. Sin embargo, parece que no había sido suficiente. A pesar de todo, si no cumplía con ello, pasaría más y más tiempo en aquel torturante túnel recordándome segundo a segundo todo lo que había sido.
No tuve otra opción que afilar mis uñas como pude e ir arrancando pedacito a pedacito de piel (y a veces carne) para depositarlo dentro de la cesta. Entre gritos de dolor y sangre, solo pude entender que el destino de toda máscara es caer, y lo tuve que aprender de la manera más cruenta posible. Una vez terminado este castigo divino, quedé con las manos llenas de mi propia sangre. Por fin, un sujeto puro, honesto consigo mismo y despreocupado de las ataduras.
Se detuvieron todos los sonidos violentos e imágenes grotescas que rodeaban aquel sitio. Comenzó a oírse ruido blanco y las pantallas se mantuvieron en un color azul cielo que por fin me hizo saber que estaba haciendo algo bien.
La cesta se llenó y, mientras yo disfrutaba trágicamente unas pinceladas de cielo, se prendió una llama debajo de la cesta, provocando que mi carne formara parte de una especie de ritual como símbolo de purga.
Finalmente, la puerta se desbloqueó, abriéndome camino hacia un escenario vacío con un trono gobernado por una prominente e intimidante figura que descansaba en él.
Capítulo 4: El Trono de los Espejismos
Encaré al soberbio, al imbécil cretino, creador del espectacular y circense juego del que no se nos explican las reglas, lanzándonos al tablero con una ingenuidad suficiente para que él se regocije en su sublimísimo trono.
Me tiene hastiado la decadencia con la que abriga y aprieta al mundo. Algunos pocos privilegiados, extasiados con el sacrosanto néctar de vivir sobre los demás, se mantienen en lo más alto de la torre, mientras este tirano, desde las lejanas gradas del plano metafísico, se ríe de la danza macabra que ejecutamos en este pútrido circo.
Para suavizar las asperezas de mi idea sobre él y su papel en mi mundo, me acerqué al inalcanzable trono para reclamar todas aquellas injusticias con las que vivía en el plano terrenal. No obstante, fui detenido como por arte de magia. Paralizado por el miedo, el ambiente tenía el sabor de un funeral de cuerpo presente.
Descreí de aquello que me constituía ideológicamente y abandoné mi armadura de penas. Descubrí, en síntesis, que el bosque me estaba tapando el árbol. Me di cuenta de que lo que realmente aquel rey buscaba de mí era honestidad conmigo mismo. Quería que dejara de inflar el pecho con orgullo y abandonara la egolatría de una vez por todas.
Me dejé humillar una ocasión más, pero esta vez incluso deseándolo un poco. Durante mucho tiempo había querido ser «alguien», cuando solo se quiere ser «alguien» cuando se siente que no se es nadie. A través de mi psique se proyectaban miles de imágenes parecidas a las del túnel, pero ya no daban miedo. Comencé a indagar en lo que oculta el telón de fondo.
Retomé la conciencia y pedí perdón una y otra vez. Aún en ese vacío lugar encontré calma; finalmente encontré quietud. El rey me liberó, no porque le pedí perdón, sino porque sabía que cada palabra y pensamiento al respecto era real. Morí, quizás una vez más, pero esta vez con la certeza de haber encontrado una profunda verdad interior.
Capítulo 5: Éter de la Serenidad Redimida
Encontré una nueva cotidianeidad, una danza serena entre la existencia y el tiempo. En este nuevo lugar en el que ahora me encuentro, la presencia de otros es un rumor lejano. Desde que llegué, no he visto a una sola alma. Aquí, la tranquilidad se derrama en cada porción de movimiento, como un río cristalino fluyendo sin prisa, acariciando cada piedra con un susurro de paz.
Aquí ya no tengo que preocuparme por el reconocimiento del otro. En cambio, descubro el valor incluso en aquello que antes me resultaba insignificante. Supongo que si el creador de este juego y yo tenemos algo en común, es que ambos valoramos la naturaleza imperturbada, esa esencia primigenia que pensaba como la idea primera, pura e inalterada.
Equilibré mi corazón, pues las emociones fuertes eran puñales que me lastimaban. Ya no busco desesperadamente cualquier libro que me adoctrine, pues he aprendido a desconfiar de las luces falsas que prometen sabiduría. Repinté las paredes y el techo de mi mente, como algún pintor del Renacimiento retirado, dando pinceladas de claridad y serenidad, desterrando las sombras del pasado.
Si algún día vuelvo a tener un enemigo, seré yo mismo. Me encontraré dispuesto a esclavizarme en búsqueda de otra expiación, atrapado en un ciclo de redención personal. Algunos dicen que hay que perderse para encontrarse, y ahora comprendo la verdad en esas palabras, habiendo encontrado la paz en mi propio laberinto.